La dehesa se quita el corcho

alcornoque
Alcornoque (wikipedia)

Un sacador de corcho tiene que tener entrenado el pulso para no dañar al árbol cuando alza su hacha contra el alcornoque. Con el primer golpe ya sabe qué grosor tiene la capa. Con la medida memorizada en su muñeca, le da varios hachazos más justo hasta la madera. A continuación hace palanca con el mango y saca una plancha que va al suelo. Miles de ellas caen sobre la dehesa extremeña estos días. Son cortezas que ofrece la naturaleza y algunos se refieren a ellas como el oro negro de la dehesa. La tecnología lleva años intentando sacarlo con máquinas dotadas de sensores, pero no es lo mismo.

El corcho se resiste a la mecanización y gracias a ello su extracción manual sigue dejando riqueza. Se ha convertido en un oficio temporal especializado que está dando un respiro en plena crisis.

Aunque en su transformación última la región esté cediendo terreno frente a Portugal, en estos días tiene lugar la primera parte de un proceso que convierte la piel del alcornoque en tapón de vino. Por parejas, de modo artesanal, la saca del corcho aún mete miles de euros en los hogares de decenas de pueblos extremeños, principalmente en las sierras de San Pedro y de Hornachos.En Puebla de Obando (Badajoz, 1.940 habitantes) hay más de 200 hombres trabajando estos días en este viejo oficio que dura unas seis semanas al año y por el que se pagan jornales de 70 euros diarios seis días a la semana. La mayoría son retornados de la construcción. Se quedaron sin trabajo debido a la crisis del sector y ahora están volviendo al campo.

Hachazo, hachazo y palanca. Hachazo, hachazo y palanca. El trabajo es durísimo físicamente, con la única ventaja de que la mayor parte del tiempo están a la sombra. Sin embargo, de todas las faenas camperas que afrontan estos hombres de pueblo al cabo del año, la de sacar corcho de modo tradicional es la que más les gusta, afirma la mayoría de ellos.

Jesús Méndez es manijero, término empleado para designar a quien consigue las cuadrillas de sacadores de corcho. Luego vigila en el campo a los jornaleros para asegurarse de que el trabajo queda bien hecho, la mañana cunde y nadie resulta lesionado.

Lleva en esto desde los catorce años y conoce estos árboles como si fueran de su familia. Como es sabido, a un alcornoque se le quita el corcho cada nueve años, diez si es demasiado viejo y ya le cuesta regenerarse. A veces hay marcas con la fecha de la última saca, pero a él le basta un vistazo para calcular cuándo le toca volver a recibir hachazos. «Se ve en el color y la rugosidad», sentencia.

Estos días Méndez tiene 32 hombres a su cargo que obtienen, en una mañana, unos 12.000 kilos de corcho. «La saca dura de media 40 o 45 días, aunque el año pasado se alargó a 60 debido a la sequía de un año antes. Antes de la crisis faltaba gente porque estaban los hombres trabajando en la construcción y costaba reunir las cuadrillas. Ahora no, ahora hay personal suficiente, de sobra», dice.

Florentino García, de 56 años, y su hijo Juan María, de 23, hacen pareja para descorchar un alcornoque. El padre estuvo trabajando con el yeso hasta que se acabaron los encargos por culpa de la crisis. El joven ayudaba al padre en la construcción y ahora saca un extra de pinchadiscos en discotecas y tocando el saxo en varias bandas de pueblos cercanos. Pero lo que más dinero le da es encaramarse a un alcornoque con su hacha. El joven lleva ya seis años seguidos en esto, desde que tenía 17.

Según el encargado, Jesús Méndez, en cincuenta kilómetros a la redonda puede haber más de treinta cuadrillas trabajando. Unos sacan corcho, otros lo mueven en remolques desde lo más inaccesible de la dehesa hasta donde pueden acceder los camiones articulados de gran tonelaje. Otro grupo tiene como misión cargarlos.

José Antonio Pacheco pertenece a este último grupo. Tenía una empresa de pintura, pero la crisis de la construcción acabó con ella. Es su tercera temporada entre corcho. Esta semana, a pleno sol, lanzaba planchas hacia lo alto de un camión a punto de salir hacia Portugal.

El chófer del camión también tiene tarea más allá de la conducción. Mientras varias personas lanzan el corcho sobre el camión y otro desde arriba va colocando las planchas a conciencia, como si fueran piezas de un tetris, el conductor coloca una vara para comprobar que la carga se ajusta por los lados y en altura. El corcho es un producto muy leve, por lo que conviene apilarlo con concentración para aprovechar el viaje al máximo.

Al rato, el camión sale de la finca camino de las industrias transformadoras de corcho, de las que cada vez hay más en Portugal y menos en Extremadura, que aunque ha perdido cuota en los últimos años sigue siendo un territorio clave del sector corchero.

Reparto de la producción

Hay que tener en cuenta que la producción mundial de corcho se estima en 340.000 toneladas. Y si bien de Portugal sale sobre el 60%, España aporta otro 30%. Del resto se ocupa principalmente Italia, en torno al 6%, aunque hay países africanos de la cuenca mediterránea que ya han visto el valor que tiene la capa natural del alcornoque.

La superficie productora de corcho en Extremadura es de 419.835 hectáreas (16,1% respecto al total mundial). La producción media de corcho en Extremadura del decenio 2003-2012 ha sido de 23.400 toneladas lo cual supone el 11,6% de la producción mundial, según el artículo ‘Producción e industrialización del corcho en Extremadura’, de Manuel A. Martínez Cañas, Ramón Santiago Beltrán y María José Trinidad Lozano y publicado por la Universidad de Extremadura (UEx).

Está muy extendido que San Vicente de Alcántara (Badajoz) es la capital del corcho. Allí en realidad están –o estuvieron– muchas de las industrias transformadoras desde que en el siglo XIX un inglés apellidado Robinson montara allí una fábrica que revalorizaba el producto. Según algunas fuentes, llegó a tener mil empleados antes de marcharse a Portalegre (Portugal).

De este modo, lo que ya se hacía en muchos patios de la casas, comenzó a ser un motor económico generando riqueza en la zona, donde el corcho en planchas traído del campo se dejaba reposar para que se contrajera con el calor del verano y las primeras lluvias del otoño.

En San Vicente se empezó a cocer el corcho de manera industrial, a clasificarlo según su grosor y calidad y, en algunos casos, a cortarlo según su destino. El principal producto final sigue siendo el de tapón para botellas de vino, aunque en algunos casos este material sirve de aislante.

No hay que olvidar que en el mundo se consumen millones de botellas de vino cada día. Pero el tejido vegetal con el que se elabora el tapón de muchas de ellas solo existe en los países de la cuenca mediterránea. Eso explica la importancia del alcornoque, cuya dehesa más productiva está en la Sierra de San Pedro, entre Cáceres y Badajoz.

Menos empresas

La industria del corcho se puede clasificar en dos grandes grupos: primera transformación, que se corresponde con la industria preparadora, y segunda transformación, que incluye el resto de industrias: taponera, granulados, aglomerados, y revestimientos.

Según el estudio publicado por la UEx de Martínez, Santiago y Trinidad, en la actualidad el sector corchero a nivel europeo cuenta con unas 1.000 empresas que ocupan a 100.000 trabajadores y facturan en torno a 2.000 millones de euros anuales. De esas 1.000 empresas, actualmente existen en Extremadura unas 85, cifra que ha descendido en los últimos años.

La actividad de las empresas extremeñas se centra sobre todo en los procesos primarios de preparación, siendo menor el número de empresas que realizan procesos finales. San Vicente de Alcántara, principal núcleo corchero de la región, cuenta con casi el 75% del sector industrial corchero extremeño, unas 63 empresas. De ellas –prosigue el documento de la UEx– sólo un escaso 6% se dedica a la terminación de tapón de corcho. Aproximadamente un 8% fabrica tapón semielaborado (natural o aglomerado); un 3% fabrica discos y granulados, y el resto, es decir casi el 83% de las industrias, se dedican a la preparación del corcho en plancha. Este sector es la principal fuente de empleo de la localidad y genera unos 700 puestos directos de trabajo.

En una nave de unos 3.000 metros cuadrados del polígono industrial de San Vicente de Alcántara está la empresa ‘tapones de corcho Isabel Galano’, con seis trabajadores en dos turnos. Su gerente, Ángel Ramírez, explica que él es ‘taponero’ desde que era joven, y asume que la suya es una fábrica pequeña en comparación con Diam Corchos S.A., el gigante de la población, de capital francés.

Ramírez compra el corcho preparado y lo humedece antes de cortarlo en tiras. Después una perforadora extrae los tapones de corcho. «La industria taponadora, o sea, la que fabrica el producto terminado siempre ha estado en Gerona y, sobre todo, en Portugal.

Ahora mismo en San Vicente de Alcántara quedarán unas diez empresas taponadoras y la mía es de las pequeñas», dice. Pese a ello, Méndez sigue invirtiendo. Hace tres años adquirió una máquina con cámaras y lector láser que clasifica cada tapón según su porosidad e impurezas y los separa, una tarea que siempre habían hecho a mano.

Esta pequeña empresa saca unos 700.000 tapones a la semana con destino a Cataluña, donde el tapón se remata con un lavado y el marcado definitivo. Ramírez cree que esos tapones salidos de las dehesas de la Sierra de San Pedro y a los que ellos dan el primer corte acaban en Francia, Estados Unidos, China y Japón.

Una persona que también ha visto el corcho desde pequeño cuando su familia lo apilaba en el patio de su casa es Rafael Salgado. También ha presenciado cómo ha ido adelgazando la industria corchera en San Vicente de Alcántara y cómo ha crecido la portuguesa. De hecho, él es comercial de Amorim, una de las transformadoras de corcho más potentes de Portugal, ubicada en Portalegre, donde compran toneladas y toneladas de corcho extremeño cada año. Si en la industria reseñada antes se hablaba de una producción de 700.000 tapones a la semana, en la fábrica de Amorim, esa cantidad sale en apenas un cuarto de hora, calcula Salgado.

Parte de su misión es poner en contacto a dueños de fincas con empresarios que quieren extraer su corcho. «Los alcornoques extremeños destacan por su calidad y calibre (grosor), ya que lo que más se valora es el corcho taponable. La zona de San Pedro es puntera por su calidad, mientras que otras áreas, como Cádiz lo son por su cantidad», dice.

Vejez de la arboleda

Entre los cambios que ha ido observando en el sector, además de la irrupción de Portugal, apunta otro fundamental, el de una industria que compite consigo misma pues los tapones naturales cada vez se demandan menos desde que se ha potenciado la manufactura del llamado ‘tapón técnico’.

Éste se elabora con un cuerpo de aglomerado que se ha compactado previamente. Este tipo de tapón, mucho más barato, es muy demandado desde que diversos estudios concluyeron que su uso en botellas no afecta a las propiedades del caldo, sobre todo si no se va a consumir en un plazo menor a dos o tres años. Incluso hay tapones aún más baratos hechos solo con desperdicios cuya demanda va a más en el mercado mundial.

«Tipos de tapones hay muchos – explica Salgado–, pues no es lo mismo rematar una botella de Vega Sicilia que una de un vino que cueste tres euros». ¿Cuánto cuesta un tapón? Depende de su longitud y calidad, responde el taponero extremeño Ángel Ramírez. Los hay que cuestan un euro y que son más anchos y largos que la medida más común (44 milímetros por 24 de diámetro) y hay lotes de 1.000 unidades que cuestan tres euros.

Según Salgado, el vino de calidad exige el tapón bueno, el que menos grano y poro tiene, el que más se parece a la madera, pero éste representa solamente un 7%. «Todo se rige por la ley de la oferta y la demanda, y al haber menos corcho este año el precio sube, pero no el tapón porque los bodegueros no pueden pagar más por él, de modo que el que pierde margen es el empresario de San Vicente de Alcántara».

No obstante, esta preocupación es puntual. En realidad, prosigue, la amenaza está en la calidad y cantidad de la corteza debido al cambio climático y a la vejez de la arboleda, ya que en su opinión las reforestaciones han llegado tarde. Los alcornoques viven unos 300 años, dan su primera corteza aceptable con cincuenta, por lo que habrá que esperar varias campañas para comprobar si la dehesa extremeña sigue siendo igual de vigorosa.

 

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http://www.hoy.es/extremadura/201406/28/dehesa-quita-corcho-20140628193552.html