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Un duro oficio en peligro de extinción

Comienza una nueva campaña de descorche, que generará 129.000 jornales en Andalucía, la mayoría en el Parque de los Alcornocales.

Cinco de la mañana. Golpes en los albardones de fondo mientras un intenso olor a café impregna el chozo o cabaña de los arrieros. Mientras Lázaro Jiménez atavía a sus seis mulos, la cuadrilla de corcheros se reúne y prepara sus herramientas para otra dura jornada de descorche. Las hachas se vuelven a desenfundar. «Hoy vamos a terminar el pico que nos quedó ayer y damos un salto para sacar el canuto que quedó pendiente la semana pasada, y con eso echamos el día». Manuel Muñoz, el capataz de los corcheros escucha atentamente al arriero, jefe de la operación, con más de 50 años de profesión a sus espaldas. Un oficio que ama y a la vez, lleva grabado en su ADN desde hace más de tres generaciones.

Este año toca una pela de la finca de El Aljibe, donde los alcornoques, o chaparros, como ellos prefieren llamarles, están listos para la saca. «Alrededor de 10.000 quintales que acarrearemos en unos 40 días», añade Lázaro. Una materia prima, que debido a la crisis y a la competencia de otros materiales sintéticos como el plástico y el aluminio, cada vez está más devaluada, a pesar de que su extracción ha cambiado muy poco en los últimos 30 años y sigue siendo igual de fatigosa de obtener. Corcheros y arrieros perderán en este intenso mes y medio de trabajo hasta siete kilos de peso por el desgaste físico que conlleva.

Lázaro arrea sus mulos hacia el monte con un sinfín de interjecciones. Sopla el levante, «El viento no es bueno, si sopla fuerte seca el árbol y puede pegar la corteza», explica Lázaro que cuida tanto de sus animales como de la naturaleza que tiene a su alrededor. La función original del corcho en el alcornoque es protegerlo frente al fuego y el mal tiempo. Cuando se quita la piel al chaparro debe permanecer en condiciones ambientales buenas para que pueda regenerarse con la misma o mejor calidad que la de la pela anterior.

De padres a hijos

«Si se hace un buen trabajo, el corcho vuelve a salir sano y de buena calidad pero si no se trata con profesionales, los que sufren son los alcornoques», explica el arriero. Este es un oficio que se transmite de padres a hijos, no hay escuelas, pero si es necesario mucha práctica para dominarlo con destreza. Y es que con la llegada de la crísis al sector de la construcción, muchos han sido los que se han refugiado en el campo. «Extraer la corcha es algo delicado y si no tienes experiencia puedes hacer daño a la casca». La mala praxis, unida a factores como el cambio climático, la contaminación, etc. provocan problemas como la conocida ‘seca’, una enfermedad que afecta a los alcornoques «hasta terminar con ellos».

 

El clima mediterráneo es el ideal para éstos árboles por lo que el Parque de Los Alcornocales es el centro neurálgico de los bosques de la provincia en producción de corcho. Sin duda, el principal de la provincia de Cádiz y uno de los más importantes de Andalucía y España. A pesar de que entre pela y pela hay que esperar nueve largos años, las 170.000 hectáreas que conforman el parque natural nutren de actividad cada año a la industria. Desde mediados de junio hasta finales de agosto se llevan a cabo nuevas campañas que destinan esta materia prima principalmente a los tapones del mundo vinícola.

Ya en el monte cada uno ocupa su puesto sin estorbar a los demás. Hay orden en el desorden. Desde la ignorancia parece haber desconcierto pero si los observas con atención, ni siquiera necesitan hablar. Todos acatan su función a un ritmo frenético. «Mientras antes llegue la corcha al peso menos humedad pierde y más vale, así que pisar los talones a los corcheros es nuestra función», avisa Lázaro, que no pierde un segundo mientras responde. Las colleras de corcheros en los árboles, los recogedores amontonando la corcha en las pilas y los arrieros sirviéndose de éstas para cargar a sus mulos y guiarlos hasta el patio, donde se descargará a los animales y los pesadores pasarán las panas por la cabria, un elemento de tres patas con un peso romano en el centro que cuantifica en quintales la corcha.

Cada corchero suele extraer 25 quintales diarios, unos 1.150 kilos, cuando van con un jornal pactado. Las cuadrillas que trabajan «por cuenta», a destajo, suelen apretar el paso un poco más y pueden llegar a los 30 quintales al día cada peón, que suponen 1.380 kilos de corcha por trabajador. Los sueldos actuales oscilan entre los 90 y los 150 eurosdiarios. La crisis también ha golpeado con dureza el sector. Por su parte, actualmente los productores fijan la caída en cerca de un 40 por ciento, pasando de 100 a 60 euros por quintal, o lo que es lo mismo por 46 kilógramos de corcho.

 

Antaño trabajaban en quincenas y los corcheros hacían jornadas más largas. A las 15.00 horas paraban para almorzar, dejaban hueco para una siesta y terminaban alrededor de las 19.00 horas. Esta distribución del trabajo les obligaba a permanecer en el monte mientras duraba la temporada. Iban acompañados de cocineros y ayudantes que les facilitaban la estancia. Cada 14 días descansaban dos, que eran los que aprovechaban para volver, hacer compras, salir y relajarse. Luego regresaban al campo. Hoy en día, la jornada del corchero se ha modernizado y ha mejorado. De siete a tres aproximadamente y vuelven a casa para descansar hasta el día siguiente.

El arriero sigue más atado a la sierra. Sus herramientas de trabajo, sus mulos, son seres vivos que necesitan atención y cuidados para aguantar las duras cargas que transportan al patio. «El verdadero arriero cuida de sus animales». Estas palabras resuenan en el campo cuando Lázaro las pronuncia con su fuerte torrente de voz.

La otra faena

A Lázaro, a su hijo Alejandro y a los otros dos arrieros, Rafael y Luís Tizón, les queda aún otra dura tarea por delante. «Hay que quitar los ‘jatos’ a los mulos, lavarnos con salmuera para refrescarlos y revisar que no se hayan hecho ninguna matadura, prepararles el pienso y revisar los mantichos por si hubiese que coser alguno». Una segunda labor que no todos cumplen. «La sociedad protectora de animales debería vigilar más estos asuntos», comenta Lázaro que recalca que «los animales no hablan y hay empresarios que sólo piensan en ganar dinero. «Un animal que ya es viejo o que está mal alimentado o tiene una herida tiene que ser retirado y cuidado», recalca. «Mis mulos están gordos, sanos y limpios, incluso después de acabar la temporada», presume el arriero.

 

Todas estas tareas forman parte de una vieja tradición que acumula siglos de historia y que pervive gracias a las cuadrillas que acuden al monte a la pela de los árboles. Estos jornaleros echan en falta más interés en el sector en cuanto a ayudas o planes de formación. «Desgraciadamente puedes perder algún animal en la campaña», comenta y «esto no se tiene en cuenta». La sierra de Cádiz tiene peculiaridades con respecto a los montes extremeños que son mucho más accesibles. Hasta ahora, donde llegan los mulos aún no pueden acceder ningún tipo de maquinaria. La arriería es una dura profesión que «habría que cuidar más para que no se pierda». «A los animales hay que mantenerlos todo el año, esto supone gastos en veterinario, piensos, herraduras, talabartería, etc. y para eso no existen subvenciones», aclara Lázaro.

 

Puede encontrar la noticia en:

http://www.lavozdigital.es/cadiz-provincia/201506/27/corcho-arrieria-cadiz-20150626140050-pr.html




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