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Sin relevo generacional para los sacadores de corcho de la Sierra Norte de Sevilla

Alas 6.45 de la mañana se comienzan a escuchar los primeros golpes de las hachas en Juncarejo, una finca de 27 hectáreas cerca de Cazalla a la que después de nueve años, le toca sacar el corcho.

Éste es el tiempo que la corteza del alcornoque necesita para tener el calibre y la calidad suficientes para que los sacadores la extraigan del tronco. En primer lugar se van abriendo rajas con el hacha dibujando planchas de unos 50 centímetros de ancho y algo más de un metro de largo desde el suelo. «Se saca el pie del árbol y luego se va subiendo a las ramas superiores» explica Andi Martínez, uno de los 12 miembros de la cuadrilla que trabajan en esta finca.

Lo normal es que los sacadores vayan juntos por parejas también llamadascolleras, y que haya un «juntador» encargado de amontonar las planchas de corcho en pequeñas pilas para que luego vengan los cargadores y las monten en el remolque del tractor. Los característicos burros que se usaban para transportar el corcho ahora solo se usan cuando hay zonas de difícil acceso.

La técnica y la experiencia son requisitos fundamentales. «Lo ideal es que las planchas estén compactas y que no tenga orificios», explica Antonio Jesús Infante mientras muestra una de las láminas rectangulares que acaba de sacar. Hay veces que en vez de nueve años hay que esperar diez, porque según se dice «ese año no se da», el corcho se queda pegado y al intentar desprenderlo se viene el curtido, produciéndole una herida por la que le pueden llegar enfermedades. Entonces, se decide dejar para el año siguiente, porque todos coinciden en que es fundamental cuidar el árbol.

El clima también es clave en este proceso. «Lo más importante es quellueva durante el invierno, que luego venga una primavera buena y que la tierra esté bien trabajada», explica José Antonio Acosta al que ya se le ven las manos coloreadas de negro, fruto de llevar algunas semanas manejando este material. «Este año si no hubiera llovido en mayo no se hubiera podido sacar», afirma Antonio Ruiz, el hijo de la propietaria de la finca.

A primera hora de la mañana, aprovechando las horas más frescas, se pesa la pila de corcho que el día anterior se ha sacado: «Ayer fueron 140 quintales (14.000 kilogramos)», comenta Antonio. A pesar de ser un trabajo ancestral, no ha cambiado mucho con el paso de los años. «Lo único que ha variado es que antiguamente había un aguador que nos traía el agua y ahora cada uno trae su cantara», comenta José Antonio Acostaentre risas durante el tiempo del bocadillo.

Otra de las cosas que ha cambiado son las escaleras con las que suben a los árboles, antes usaban escaleras de madera de nueve pasos y ahora se valen de escaleras de aluminio con dos cuerpos que le permiten subir más alto. Por eso, antes la media de quintales por collera y día era de unos 15 quintales, ahora es el doble.

Cada vez menos jóvenes

Uno de los problemas a los que se enfrenta el sector es la falta de relevo generacional. Según José Antonio Acosta, «es una pena que cada vez salgan menos jóvenes, en Cazalla, de las cinco cuadrillas que hay sacando corcho apenas hay tres novicios», así llaman a los que tienen poca experiencia en este trabajo. Martínez añade que «cada vez se jubila más gente en el campo y menos se incorporan, así que dentro de dos o tres veranos a ver quién hay que sepa sacar corcho».

El secreto en este trabajo es la experiencia y saber manejar el hacha, aunque resulta paradójico, porque si no se le da la oportunidad de aprender a los jóvenes nunca podrán trabajar en ello. Alberto Ridruejo lleva doce años sacando corcho, desde los 23, y explica que tuvo la suerte de que su padre era manijero de una cuadrilla: «Me dio la oportunidad de aprender», afirma.

La mayoría de estos hombres trabajan durante el resto del año en otras tareas agrícolas como la aceituna o la tala, pero la saca de corcho está mejor remunerada que las demás tareas, por lo duro que llega a ser el trabajo.

Una asignatura pendiente, como ocurre en otros sectores de la comarca, es la falta de transformación del producto. La mayor parte del corcho que se saca de estos montes se vende fuera con lo que la riqueza que genera se queda a medias en el territorio.

 

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